¿Escondes ansiedad detrás de estos comportamientos?

Termina el periodo de vacaciones y toca volver a la rutina. Cuanto más mayor te haces, menos tiempo tienes para aquello que te gusta; te encuentras diciendo cosas como “ya lo haré más adelante”; y te pones a trabajar a tope en la oficina y en casa gracias al café en vena que sustenta tu energía. Al finalizar la jornada comes mientras te conectas a tu red social o plataforma digital favorita, y sin darte cuenta pasan las horas. Cuando llega el momento de dormir… ¡no hay quien pegue ojo!. En tu mente empiezan a surgir distintos pensamientos:

No se si me dará tiempo a entregar el proyecto”

“Quién va a llevar a los niños a sus clases extraescolares”

“Tengo que llamar a mi familia”

¿Te suena? ¿Sueles pensar mucho en el futuro? ¿Sabías que podría ser un síntoma de ansiedad?

La realidad es que los problemas de ansiedad son las afecciones de la salud mental más frecuentes en atención primaria. Concretamente, afecta al 6,7% de la población con tarjeta sanitaria en España (datos del Ministerio de Sanidad en 2021). Es más, España es el primer país del mundo en consumo de medicamentos por cada 100.000 habitantes para el tratamiento de la ansiedad, el insomnio o los trastornos emocionales,  según la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) en su último informe de 2021. 

Con estos increíbles datos, no es de extrañar que muchas personas que conocemos, incluyéndonos a nosotros mismos, estén teniendo hábitos perjudiciales para su salud.

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¿Quieres saber si también presentas hábitos compatibles con la ansiedad?

Antes de nada, quizás te sorprenda pero vamos a poner esta pregunta sobre la mesa: ¿la ansiedad es nuestra amiga o nuestra enemiga? 

Pues la ansiedad se trata de un mecanismo de respuesta adaptativo, necesario y universal que manda un mensaje a nuestro organismo para dar una respuesta rápida a una situación que supone una amenaza.  El problema está cuando ese sistema de alarma comienza a fallar, haciendo que se active ante situaciones que no suponen un peligro, momento en el que podemos decir que deja de ser funcional.

Vamos a hacer un repaso de los comportamientos que más comúnmente delatan que nuestra ansiedad se ha desmadrado. Conocerlos te será útil para detectarla cuanto antes y así evitar que se convierta en una montaña abrumadora.

Empecemos describiendo aquellos signos que están escondidos al ojo humano, ya que se manifiestan en nuestro pensamiento o en el interior de nuestro cuerpo, y sigamos gradualmente hacia aquellos que sí se pueden observar más fácilmente desde el exterior:

  • Darle vueltas a la cabeza: ¿Sientes dificultades para conciliar el sueño y para desconectar? Si es así, efectivamente esto quiere decir que hay una o varias preocupaciones que te rondan una y otra vez. Esto es lo que en psicología llamamos “rumiación”, pensar una y otra vez sobre un mismo tema.
  • Querer tener todo bajo control: es decir, intentar ser súper héroes que, por ejemplo, tienen la casa completamente limpia, toda la ropa planchada, el trabajo perfectamente realizado y repasado antes de la hora prevista, la familia perfecta… Cuidado, si te identificas con esto puede que estés cayendo en una necesidad de perfeccionismo y en “la falsa ilusión de control”. Decimos que es una falsa ilusión por momentos te hace creer que tienes todo bien atado y te aporta seguridad, pero lo cierto es que esta sensación dura poco ya que hay factores que no dependen de uno y que influyen en el resultado de todo lo que nos rodea, como por ejemplo el comportamiento de los demás, el tiempo o el azar. Tenemos que observar atentamente la aparición de estos comportamientos puesto que algunos pueden convertirse en una compulsión o impulso fuerte por hacer algo, síntoma del trastorno obsesivo compulsivo.
  • Anticipar que algo malo va a suceder: ¿reaccionas ante los problemas poniéndote en lo peor de lo peor? Esto es una manifestación de tu ansiedad y tu miedo que aparecen ante el hipotético futuro catastrófico que estás imaginando.
  •  Sentir malestar físico: todos hemos escuchado alguna vez la típica frase “solo pensarlo y es que me pongo malo”. Pues esta frase no está para nada equivocada y es que cuando pensamos algo que nos genera ansiedad, se desencadenan una serie de respuestas a nivel emocional y fisiológico que pueden traducirse en malestar físico.
  • Caer en la personalización: esto es lo que llamamos los psicólogos una distorsión cognitiva o de pensamiento, que se refiere a responsabilizarse de aquellos hechos que ocurren en el entorno sin tener pruebas objetivas de ello, por ejemplo:  un empleado escucha al encargado hablar sobre la necesaria mejora de la calidad del trabajo, y piensa, erróneamente, que se refiere exclusivamente a él.
  • Evitar situaciones y personas: cuando uno experimenta ansiedad suele protegerse y resguardarse de aquellos estímulos que se la generan. Por ejemplo, si no sé cómo relacionarme con mis compañeros de clase, evito ir a la cafetería de la universidad para así no coincidir con ellos. 
  • Dificultad para tomar decisiones: cuando uno tiene ansiedad, puede sentir que cada vez le cuesta más concentrarse y decidirse. Esto es porque nuestro cerebro está más ocupado, embelesado por preocupaciones y pensamientos negativos. Esto nos lleva a una dificultad mayor para conectar con el presente y prestar atención. Así, aunque mi cuerpo esté por ejemplo en mi trabajo, mi mente está cavilando sin cesar en lo que me preocupa.
  • Sobrecargarse de tareas: esta no deja de ser otra forma de “evitación”. Para que lo entendamos: la persona al ocuparse mantiene su mente momentáneamente fuera de la situación que le genera ansiedad; sin embargo, cae en la trampa de no afrontar el problema de fondo (su ansiedad) lo que lo perpetúa, y cuando descansa tal ritmo de actividad, los pensamientos vienen a nublar la mente. Es posible que de este modo la persona sólo sepa gestionarse en un nivel de actividad elevadísimo que le lleva al desgaste físico y emocional.
  • Procrastinar: es la costumbre de dejar las cosas para el final. Esto no lo hacemos por vagos, sino para no fatigar a nuestro cerebro que ya está cansado por la ansiedad experimentada. Además, la procrastinación es también otra forma de evitación. Por ejemplo, si afrontar una tarea del trabajo me resulta incómodo porque no me gusta la tarea, o porque tengo miedo a hacerla mal, una manera inconsciente de evitarme ese malestar es buscando excusas para no hacer la tarea.
  • Autoestimulación: tocarnos el pelo, rascarnos la cabeza o mordernos las uñas son algunas de las formas de liberar la tensión producida en nuestro cuerpo al sentir ansiedad.
  • Alimentación desequilibrada: cambiar nuestro estilo de alimentación o tener hábitos poco saludables es un signo más de ansiedad. Algunas de las señales más comunes serían comer grandes cantidades de alimentos generalmente ricos en grasas y azúcares; beber mucho café; comer muy rápido; saltarse las comidas; o comer menos de lo necesario.
  • Problemas de sueño: experimentar dificultad para conciliar el sueño o dormir menos de lo necesario es una señal de ansiedad. Puede deberse a que nuestras rumiaciones se interponen en nuestro descanso o a que nuestro cerebro está hiperactivado.
  • Pasar mucho tiempo en redes sociales, videojuegos y televisión: he aquí una de las estrategias de evitación preferidas por todos, muchos incluso pueden perder la noción del tiempo y puede llevar incluso a problemas de adicción que han de tratarse con profesionales lo antes posible.
  • Sedentarismo o permanecer mucho tiempo sentado: la actividad física es considerada como factor protector de salud, ya que ayuda a regular mejor las emociones y reduce la ansiedad. Distintos estudios han observado cómo la falta de actividad física se asocia al incremento de  niveles de  ansiedad y estrés. Así que si estás llevando una vida sedentaria, lo adecuado sería incluir algo de ejercicio físico para no favorecer la aparición o el mantenimiento de la ansiedad.
  • Peor imagen corporal: dicen que nuestro cuerpo es un templo, y éste refleja cómo nos sentimos a nivel emocional también. Si sentimos ansiedad, puede que descuidemos nuestro aspecto o nuestra salud, y que haya cambios a nivel hormonal que repercutan en la piel. Pero además la ansiedad aumenta nuestra producción de pensamientos negativos y distorsionados, lo que puede minar nuestra autoestima y seguridad, y hacer que nos veamos peor.
  • Fumar: hay personas que han asociado el fumar con la relajación, y de hecho fuman más compulsivamente en períodos de ansiedad. Pero nada más lejos de la realidad. Los estudios sostienen que consumir tabaco aumenta los niveles de ansiedad puesto que al introducir más dióxido de carbono en la sangre, el corazón tiene que trabajar más rápido, y esta aceleración del ritmo cardíaco hace que la persona esté más susceptible. La falsa sensación de relajación dura apenas unos minutos y se debe a que estamos suprimiendo el mono. Es un refuerzo a corto plazo que sin embargo a continuación genera más ansiedad.
  • Adicciones: el consumo de drogas, la compra o el juego compulsivo, el consumo de alcohol, etc, son síntomas del inicio de un trastorno por adicción. Si percibes estos comportamientos, te recomendamos pedir ayuda a un psicólogo especializado en adicciones.

Hasta aquí algunos de los signos más comunes. No tienes por qué presentar todos. Será suficiente con que uno de ellos aparezca en una intensidad suficiente que te perturbe en tu día a día.

Si son comportamientos fruto de la ansiedad, ¿por qué continuamos repitiéndolos?

Como hemos comentado anteriormente, estos comportamientos son una forma de protegernos de las amenazas, pero además son patrones de aprendizaje que nos ayudan a regular nuestras emociones a corto plazo. Por ejemplo: cuando estoy agobiado por estudiar, rápidamente me conecto a mi plataforma digital y veo un capítulo de una serie; al evitar la situación que temía, siento alivio inmediato con lo que será más probable que vuelva a hacerlo cuando sienta ansiedad más adelante.

Esto es un arma de doble filo, porque a corto plazo omite nuestra ansiedad, pero a largo plazo nos vuelve intolerantes a dicha emoción, no aprendemos formas más convenientes de gestionarla y no resolvemos eficazmente las situaciones. Con el tiempo, esto puede llegar a generarnos inseguridad hacia nuestras propias capacidades para afrontar las dificultades de la vida.

Qué hacer para corregir estos hábitos

  1. Siempre que queramos cambiar un comportamiento, hemos de buscar otro alternativo.  Por ejemplo, si quiero dejar de fumar, tendré que aprender otras conductas a realizar: cuando me apetezca un cigarrillo, puedo pensar en hacer otra cosa  como dar un paseo o hacer relajación muscular.
  2. Conecta con el ahora. Si el problema está en que vivimos anclados en el pasado o futuro, ¿qué tal si nos ponemos en “modo ser”? Llamamos “modo ser” a ese estado en que somos capaces de conectarnos con nosotros (nuestro pensamiento, nuestra emoción y nuestro cuerpo en el presente). Te puede ayudar hacer mindfulness para cultivar esta actitud especial, donde no se juzga lo que sucede sino que lo observamos con otra perspectiva que nos permite cambiar también la forma en que actuamos.
  3. Reorganiza tus prioridades. ¿Cuánto tiempo estás dedicando a aquello que te aporta felicidad? Estas actividades te ayudarán a regular mejor tus emociones. Por ejemplo, si tu prioridad son tus hijos, pero pasas el día ocupado en trabajos y actividades, tendrás que ajustar tu horario para sentirte mejor.
  4. Fomenta la comunicación y cuida tus relaciones sociales. Somos seres sociales, es importante saber dar y recibir. El contacto con los demás nos puede ayudar a aliviar el malestar y a aumentar las sensaciones positivas.
  5. Cuida tu templo, tu cuerpo. Intenta mantener hábitos de alimentación y sueño saludables, cuida tu aspecto y haz actividad física.  Para ello te puede ayudar elaborar un menú semanal; marcarte una hora de acostarte y levantarte que sea regular y que respete el número suficiente de horas de sueño; darte una ducha relajante; o salir a dar un paseo de 15 minutos al día.

La ansiedad es nuestra compañera en el día a día y por eso muchos de nosotros nos hemos podido sentir identificados en cualquiera de los hábitos descritos, como: darle vueltas a las cosas, querer que todo esté perfecto, sentir malestar físico, descuidar nuestro aspecto, no dormir bien… La clave está en saber cómo relacionarnos con la ansiedad, dándole la bienvenida como una emoción más, y atendiendo el valioso mensaje que llega a nuestro cuerpo:

“¡Para y cuídate!”

Pero si experimentas algunos de estos síntomas de forma persistente y te dificultan tu día a día, lo mejor es que recibas ayuda de un psicólogo que te pueda asesorar adaptándose a tu situación personal.

En TherapyChat trabajamos con profesionales que te ayudarán a corregir aquellos comportamientos que alimentan tu ansiedad y te darán herramientas para tener hábitos más saludables.

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