Admitir de la mejor manera que nos hemos equivocado

¿Cuántas veces te has sentido inferior por cometer un error? Vergüenza, culpabilidad y humillación son algunas de las emociones que nos invaden al equivocarnos. Hemos aprendido a huir del error, a negarlo y apartarlo de nuestra vista. No obstante, esto únicamente nos aleja de nuestra parte más humana, arrebatándonos toda oportunidad de aprendizaje.

Reconocer y pedir perdón tras cometer un error es un ejercicio de valentía, humildad y, sobre todo, crecimiento. Aunque ciertamente no es un ejercicio fácil. Estamos rodeados de mensajes que idolatran el perfeccionismo, e invalidan completamente el error y el fracaso. Pero, ¿qué implica realmente fracasar? Tan solo no alcanzar el objetivo deseado. ¿Y a quién no le ha ocurrido esto? Deshumanizar el error conlleva negar una parte fundamental del ser humano, además de tener unas nefastas consecuencias en cada una de nuestras áreas vitales. Nos impide fortalecer nuestros vínculos afectivos, fomentar nuestra autoestima, crecer a nivel profesional y, sobre todo, personal.

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¿Por qué nos resulta tan difícil aceptar que nos hemos equivocado?

Es muy frecuente cometer un error y no saber cómo afrontarlo: el miedo al qué dirán, al fracaso, a la imperfección… Todo esto nos lleva a evitar a toda costa nuestro lado más humano: errar para después aprender. Nos sentimos más cómodos en nuestra burbuja de justificaciones y excusas. Pero, ¿por qué? ¿Por qué nos cuesta tanto asumir que nos hemos equivocado?

La sociedad ha señalado constantemente al error como algo negativo; algo que, a toda costa, hemos de evitar. Si recordamos nuestra infancia, seguro que recordamos algún momento en el que nosotros mismos o alguien fue humillado, castigado o avergonzado por cometer algún error. Es algo que podemos ver desde el jardín de infancia hasta en conversaciones a la salida del trabajo.

Se ha reforzado constantemente la perfección como una de las cualidades más atractivas en la sociedad. Pero el perfeccionismo se basa en la creencia totalmente errónea de que la valía personal se mide proporcionalmente a lo brillante que seas en todo momento. Así, cuando nos desviamos y cometemos un error, se mide como un auténtico fracaso. Esta es una visión dicotómica, o polarizada, entre fracaso y éxito; entre error y perfección.

Esto, en muchas ocasiones, nos lleva a estar más centrados en no cometer errores que en alcanzar nuestros objetivos. Así se genera un contexto de miedo al error y al fracaso. Pero si no nos permitimos ni un mísero error, ¿qué puede pasar? No podemos obviar que una parte fundamental del aprendizaje es el error. Gracias al error podemos analizar nuestro comportamiento, su resultado, el aprendizaje habido, e incluso, potenciarlo.

Del mismo modo, nos negamos a reconocer nuestros errores, y únicamente nos centramos en reconocer nuestras cualidades y fortalezas, en un intento de preservar nuestra autoestima. No obstante, esto subyace a la premisa “cometer errores es malo”. La cual es totalmente errónea. De hecho, cometer errores nos permite evolucionar, potenciar nuestras cualidades. Cometer errores no nos convierte en personas “inválidas”.

Consecuencias de negar el error

Hay veces que, a pesar de identificar el error, preferimos recurrir a justificaciones y excusas para salir ilesos de la situación. En otras ocasiones, incluso somos incapaces de identificar que nos hemos equivocado. A corto plazo, puede que esta forma de enfrentarnos al error nos genere cierta tranquilidad, evitándonos sentir culpabilidad o vergüenza. No obstante, únicamente estamos ejerciendo el “efecto tirita”, esto es, tapar la herida sin realmente sanarla. Por lo tanto, a medio y largo plazo, aparecerán todas las repercusiones de no admitir nuestra equivocación. Algunas de las consecuencias de no reconocer los errores son

  • Forjamos una autoestima irreal, basada en la perfección. Aparecen los constantes y autoritarios “deberías” o “tendrías que”; formas de exigirnos la perfección absoluta. Negar los errores, equivocaciones e incluso limitaciones, nos aleja de nuestro verdadero yo, de nuestra esencia. El amor propio no implica reconocer únicamente las cualidades positivas y obviar las que, a nuestro parecer, son negativas. Esto sería una imagen totalmente ficticia e idealizada del ser humano. Preservar nuestra autoestima implica mantener una imagen real de nosotros mismos, aceptando y fortaleciendo cada una de nuestras características, aunque las califiquemos como “positivas” o “negativas”. 
  • Limita nuestros vínculos afectivos. Cometer un error en nuestras relaciones sociales puede generar mucho sufrimiento, pero cometer un error y no reconocerlo, conlleva un daño más difícil de reparar. Negar nuestro error, sin asumir nuestra parte de responsabilidad, nos impide empatizar con los demás, comprenderlos y crear vínculos saludables con ellos. Probablemente, si negar el error se convierte en nuestro modus operandi, el rencor y la rabia se convertirán en los protagonistas de nuestras relaciones. 
  • Nos limita toda oportunidad de aprendizaje. Diariamente aspiramos a mejorar nuestras cualidades y habilidades. A menudo nos pautamos nuevos objetivos para mejorar en alguna de nuestras áreas vitales. Sin embargo, ante equivocaciones, donde se nos abre un amplio abanico de posibilidades de aprendizaje, nos invade el miedo. El miedo al fracaso y al error, ha influido en muchas de nuestras decisiones. En este sentido, es importante recordar que nuestros errores no nos caracterizan, no nos definen. Lo que verdaderamente va a influir en el crecimiento personal es la forma de actuar ante ellos, no el error en sí.

Cuál es la mejor manera de admitir que nos hemos equivocado

Todos hemos cometido, y cometeremos, errores. Todos nos hemos aventurado con una decisión y no hemos obtenido el resultado adecuado. Todos nos hemos equivocado en nuestro primer día de trabajo (y meses después). Todos hemos gestionado de forma inadecuada alguna discusión o conflicto…

Aprender a reconocer los errores cometidos y a evaluar nuestro comportamiento es de vital importancia para construir futuros caminos y vínculos afectivos saludables. Pero, ¿cuál es la mejor forma de reconocer nuestros errores? Aquí os dejamos algunos puntos claves para lograrlo de manera exitosa:

  • Asume tu parte de responsabilidad. Hacer explícito el error, fomenta la honestidad con nosotros mismos y con el resto. Aceptar que somos responsables del comportamiento en cuestión nos pone en una posición muy privilegiada: ser responsables del cambio.
  • Al asumir nuestro error y pedir disculpas es fundamental ser claros y concisos
  • Tan importante como lo anterior es no recurrir a la inculpación, es decir, a la constante justificación de nuestro error (“Pero…”).
  • Empatizar con nosotros mismos. En muchas ocasiones, reconocer el error nos hace sentir culpables, inferiores, avergonzados… Por ello, es importante no darle rienda suelta a nuestro juez crítico interno. Hemos de diferenciar la culpabilidad de la responsabilidad; esta segunda sí es nuestro objetivo. 
  • Empatizar con el resto de personas implicadas. Asumir nuestro error también implica valorar cómo le ha afectado al resto de personas. ¿Cómo se han sentido? ¿Qué ha significado el error para ellas? ¿Cómo les ha afectado? En muchas ocasiones, no tenemos la información suficiente para contestar a estas preguntas. Mostrar una actitud comprensiva e interesada en conocer estas cuestiones, fomentará un clima de confianza y comprensión en todas las partes implicadas. 
  • A pesar de que las disculpas verbales son una parte importante de asumir y aceptar nuestro error, esto no es suficiente. Para que realmente suponga un proceso de aprendizaje debemos cuestionarnos lo siguiente. ¿Cómo podría haber actuado? ¿Cómo puedo solventar la situación? Es necesario centrarnos tanto en el comportamiento alternativo al error, como en la solución a la situación actual. Es decir, no es suficiente con pensar cómo nos gustaría actuar en próximas situaciones similares, sino también tomar las riendas de la situación como responsables del error y asumir el “deber” de solventarlo.
  • Desmentir las creencias como “errar es sinónimo de debilidad o inferioridad”. El error o fracaso, se define como la experiencia de no alcanzar el resultado esperado. Asumir que por ello somos inferiores, incluso débiles, es una consecuencia más de la imposición del perfeccionismo que, como hemos visto, es algo irreal. Equivocarnos y reconocerlo nos ayuda a valorar en qué hemos fallado; a ser resolutivos y encontrar nuevas formas de conseguir nuestro objetivo. Algo que se aleja, notablemente, de ser débiles o inferiores. 

En conclusión… Lo más llamativo de esta situación es que, a pesar de que existe el refrán “errar es de humanos”, nos hemos habituado a evitar la equivocación. No nos sentimos preparados para afrontar y reconocer los errores. Al  contrario, hemos aprendido a escabullirnos de los mismos, boicoteando nuestro propio crecimiento y bienestar. Como hemos comentado, reconocer un error no es una tarea fácil.

No obstante, la clave para afrontar un error está en cómo lo procesamos, en el significado que le damos, y no tanto en el error en cuestión. Si entendemos el error como una debilidad, sentiremos vergüenza, culpa, frustración, miedo.., y nos será muy difícil afrontarlo. Asumiremos un papel pasivo en nuestro aprendizaje, en nuestro crecimiento personal. Mientras que, si asumimos que el error es algo intrínseco a la experiencia humana, algo de lo que sacar partido, podremos valorar con objetividad la situación y promover cambios futuros. En definitiva, nos ayudará a prosperar en cada una de nuestras áreas vitales.

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